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martes, 10 de diciembre de 2013

Las raíces del valor

Un cuento por Víctor Álex Hernández

Fotografía: José de Haro 
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La plaza de toros estaba repleta. El diestro estaba realizando la mejor faena que el público más viejo del tendido recordaba. Niños, jóvenes, adultos y ancianos le vitoreaban en pie, algunos de ellos con lágrimas en los ojos, agitando sus pañuelos blancos al viento. El recinto, un auténtico hervidero de gente, parecía desplomarse por momentos. La arena aún estaba limpia de sangre. No había llegado el momento de la verdad. El que todos estaban deseando. Ese instante en el que la tradición se debe transformar en aberración, la cultura en tortura y el arte en muerte. El minuto en el que la tribuna apague su sed con sangre. La bestia aún pisaba firme y su mirada todavía no reflejaba miedo ni desconcierto. El torero, sin embargo, por primera vez en muchos años no disfrutaba de la misma gloria. No se le percibía, pero estaba a todas luces muy nervioso. En su interior, un auténtico pavor bullía con la intención de dominarle. El peso de ese miedo desequilibraba gravitatoriamente la balanza de sus sentimientos. Sin oponer ninguna resistencia, en el extremo opuesto de dicha balanza se situaba una liviana dosis de confianza generada por la certera tanda de pases que acababa de efectuar y que era producto, sin duda, de su incuestionable talento taurino.

miércoles, 6 de noviembre de 2013

Cuando el despertador suena

Un cuento por Víctor Álex Hernández


Fotografía: José de Haro 
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Me desmoroné. La oscuridad se compuso sobre mi ser. Era incapaz de ejercer la fuerza suficiente como para levantar mis párpados. La noche aún era presente y por mucho que mi pensamiento tuviera la certeza de que hacía ya unas horas el sol se habría despegado de la línea del horizonte, y sus rayos penetrado sin compasión a través de mi ventana, no existía claridad alguna que pudiera iluminar mi porvenir. No sentía ningún tipo de dolor físico pero mi espíritu agonizaba perdido en la penumbra. Pude, a duras penas, tragar saliva. En mi boca había dos cuerpos extraños que al tacto con la lengua me recordaban lo mucho que había perdido con aquel golpe. Tan sólo quise ser yo misma, decirle que no le pertenecía, que yo era dueña de mis decisiones y esclava de mis errores, pero nunca más prisionera de su voluntad. A cambio de mi osadía recibí mi golpe de gracia. Y en ese instante, deseando con impotencia poder ver la luz del día, los recuerdos comenzaron de nuevo a torturarme.

miércoles, 30 de octubre de 2013

El hombre bueno y su Ventura

Un cuento por Víctor Álex Hernández


Fotografía: José de Haro 
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¡Soy un hombre bueno! Tengo mis fallos, pero les puedo asegurar que soy un hombre bueno. Y no es que lo diga por decir, no. Lo que ocurre es que mi vida ha llegado a un punto en el que observo que determinadas personas no se percatan de lo mucho que tengo que esforzarme para continuar siendo un hombre bueno. Y como consecuencia, la desgracia ha caído sobre mí. ¿Ha tenido usted la sensación alguna vez de que se le juzga sin miramientos y se le condena sin pruebas? Pues eso mismo me ha ocurrido mí de un tiempo a esta parte. Y todo porque un día cometí un pequeño error. A veces miro al cielo pidiendo una explicación de por qué las cosas no salen como deberían de salir, pero claro, enseguida caigo en la cuenta de que con Dios las circunstancias no funcionan así. A él hay que darle las gracias por lo que tenemos y también pedirle perdón por esos fallos que muchas veces no podemos evitar tener. El momento de reclamar explicaciones no llegará nunca, al menos en esta vida. Yo, sin embargo, tengo la tranquilidad de tener preparadas todas las que él me pueda exigir a mí cuando nos veamos las caras. Pocas personas pueden decir lo mismo.

martes, 15 de octubre de 2013

El Sabio

Un cuento por Víctor Álex Hernández


Fotografía por Lucas Kuriger (licencia Creative Commons)


Las últimas páginas de su lectura siempre y sin excepción alumbraban un manantial de reflexiones. El Sabio no podía separar su conciencia de la letra impresa. Un vínculo indestructible unía su alma, hasta las últimas consecuencias, con la del autor de las líneas que danzaban frente su serio semblante. Algunas veces, permitía que fuera el texto quien le cogiera de la mano y le indicara el ritmo y el paso a seguir. Otras veces, era él mismo quien dejaba caer su impronta sobre la improvisada pareja de baile, de modo que sus vivencias y conocimiento del mundo previo eran los encargados de dar finalmente forma a la intención primeriza del escritor.